viernes, 12 de abril de 2019

Serie el sufrimiento – 3- Hacer frente al sufrimiento


El tema del sufrimiento tiene mucho que ver con nuestra vida de hombres, de seres creados por una voluntad santa cuyo dueño es Dios mismo, Creador y Todopoderoso. 
Todos sufrimos. Queremos decir que en determinados momentos de nuestra vida somos visitados por alguien a quien no quisiéramos recibir pero que se presenta y no hay forma humana de deshacerse de él. Está presente y no podemos negar que muchas veces se hacer notar y de qué manera. 
El caso es que para el ser humano común el dolor es expresión de un mal momento. Así, cuando una persona se ve sometida por los influjos de la enfermedad no parece que pase por el mejor momento de su vida. Lo físico, en el hombre, es componente esencial de su existencia. 
Pero hay muchas formas de ver la enfermedad y de enfrentarse a ella. No todo es decaimiento y pensamiento negativo al respecto del momento por el que se está pasando. Y así lo han entendido muchos creyentes que han sabido obtener, para su vida, lo que parecía imposible. 
Dice San Josemaría, en el número 208 de “Camino”, “Bendito sea el dolor. —Amado sea el dolor. —Santificado sea el dolor... ¡Glorificado sea el dolor!” porque entiende que no es sólo fuente de perjuicio físico sino que el mismo puede ser causa de santificación del hijo de Dios. 
Por eso en “Surco” dice el santo de lo ordinario algo que es muy importante: 
Al pensar en todo lo de tu vida que se quedará sin valor, por no haberlo ofrecido a Dios, deberías sentirte avaro: ansioso de recogerlo todo, también de no desaprovechar ningún dolor. —Porque, si el dolor acompaña a la criatura, ¿qué es sino necedad el desperdiciarlo?”
Por lo tanto, no vale la pena deshacerse en maledicencias contra lo que padecemos. Espiritualmente, el dolor puede ser fuente de provecho para nuestra alma y para nuestro corazón; el sufrimiento, una forma de tener el alma más limpia. 
En el sentido aquí expuesto abunda el emérito Papa Benedicto XVI cuando, en una ocasión, en el momento del rezo del Ángelus, dijo que

Sigue siendo cierto que la enfermedad es una condición típicamente humana, en la cual experimentamos realmente que no somos autosuficientes, sino que necesitamos de los demás. En este sentido podríamos decir, de modo paradójico, que la enfermedad puede ser un momento que restaura, en el cual experimentar la atención de los otros y ¡prestar atención a los otros! Sin embargo, esta será siempre una prueba, que puede llegar a ser larga y difícil.”

Sin embargo, en determinados momentos y enfermedades, el hecho mismo de salir bien parado de la misma no es cosa fácil y se nos pone a prueba para algo más que para soportar lo que nos está pasando. 
Entonces,
Cuando la curación no llega y el sufrimiento se alarga, podemos permanecer como abrumados, aislados, y entonces nuestra vida se deprime y se deshumaniza. ¿Cómo debemos reaccionar ante este ataque del mal? Por supuesto que con la cura apropiada --la medicina en las últimas décadas ha dado grandes pasos, y estamos agradecidos--, pero la Palabra de Dios nos enseña que hay una actitud determinante y de fondo para hacer frente a la enfermedad, y es la fe en Dios, en su bondad. Lo repite siempre Jesús a la gente que sana: Tu fe te ha salvado (cf. Mc 5,34.36). Incluso de frente a la muerte, la fe puede hacer posible lo que es humanamente imposible. ¿Pero fe en qué? En el amor de Dios. He aquí la respuesta verdadera, que derrota radicalmente al mal. Así como Jesús se enfrentó al Maligno con la fuerza del amor que viene del Padre, así nosotros podemos afrontar y vencer la prueba de la enfermedad, teniendo nuestro corazón inmerso en el amor de Dios.”
Fe en Dios. Recomienda el Papa Alemán que no olvidemos lo único que nos puede sustentar en los momentos difíciles de nuestra vida y, siendo la enfermedad uno de los más destacados, no podemos dejar de lado lo que nos une con nuestro Creador. 
En realidad, lo que nos viene muy bien a la hora de poder soportar con gozo el dolor es el hecho de que nos sirva para comprender que somos muy limitados y que, en cuanto a la naturaleza, con poco nos venimos abajo físicamente. Nuestra perfección corporal (creación de la inteligencia superior de Dios) tiene, también, sus límites que no debemos olvidar. 
Pero también el dolor puede servirnos para humanizarnos y alcanzar un grado de solidaridad social que antes no teníamos. Así, ver la situación en la que nos encontramos puede resultar crucial para, por ejemplo, pedir en oración por el resto de personas enfermas que en el mundo padecen diversos males físicos o espirituales. 

Es bien cierto que la humanidad sufre y que, cada uno de nosotros, en determinados momentos, vamos a pasar por enfermedades o simples dolores que es posible disminuyan nuestra capacidad material. Sin embargo, no deberíamos dejar pasar la oportunidad que se nos brinda para, en primer lugar, revisar nuestra vida por si acaso actuamos llevados por nuestro egoísmo y, en segundo lugar, tener en cuenta a los que también sufren. 
Y si, acaso, no comprendemos lo que aquí se quiere decir, bastará con conocer al Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo, como para darnos cuenta de lo que en verdad hacemos negando, si así lo hacemos: el bien que podemos hacernos al gozar del dolor o hacer, del mismo, algo gozoso. 
Sufrimos: sí. ¿Podemos cambiar el negativo peso de espada de Damocles sobre nuestra vida que tiene el sufrimiento por liberación del alma?: también podemos responder a esto afirmativamente. Pero no podemos negar, ni queremos, que no es cosa fácil y que es más que probable que nos dejemos ir por el camino con una carga muy pesada. De todas formas, es seguro que podemos caminar mucho mejor sabiendo que tal carga la comparte con nosotros nuestro hermano Jesucristo. No miraremos, así, para otro lado y afrontaremos las circunstancias según las afrontaba el Mesías: de cara para no darles nunca la espalda. 

3 - Hacer frente al sufrimiento

Según Thomas Hobbes “el hambre futura ya le convierte hoy en un hambriento”.  
Con esto queremos decir que si hay quien crea que nada sufre y lo único que puede argumentar que tiene miedo al sufrimiento… entonces, ese mismo instante es manifestación del sufrimiento. Ya sufre quien eso dice a pesar de que no lo crea. 
Está bien. Ya hemos dicho aquí (y lo diremos otras veces para que no se olvide) que todo ser humano sufre. Sí, todo ser humano, en un momento determinado de su vida, pasa por un tal momento. Lo que es importante es saber qué hacer ante el sufrimiento.
Lo único que no se puede hacer es, por ejemplo, no hacer nada. Tal actitud supondría la manifestación de una ceguera digna de otra causa pero no de la que supone darse cuenta de lo que pasa, al menos, en tales momentos. 
De todas formas, debemos aclarar que no es lo mismo sentir un dolor que sufrir. Es decir, no todo el que pasa por un momento de dolor está sufriendo en el sentido que damos a la palabra “sufrimiento”. 
Baste, a tal respecto, la definición de una y otra palabra para darnos cuenta de lo que queremos decir. 

Así, por ejemplo, “dolor” significa esto que sigue:

-Sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior. 
-Sentimiento de pena y congoja.

Por su parte, “sufrimiento”, esto otro:

-Padecimiento, dolor, pena.
-Paciencia, conformidad, tolerancia con que se sufre algo.

Vemos, así, de principio, que no es lo mismo padecer un dolor que verse inmerso en el sufrimiento. De todas formas, no podemos negar que tanto uno como otro pueden afectar, y mucho, la vida material y espiritual del hijo de Dios. 
El caso es que el sufrimiento supone, para quien lo pasa, un momento especialmente duro. Sufre quien ha, digamos, avanzado mucho en su dolor y la profundizado el mismo a un nivel tal que ha pasado de ser algo pasajero (por mucho que dure en el tiempo) a ser algo que se le ha adherido al corazón y a su propia naturaleza humana. En este sentido, sufre quien ha caído profundamente en una fosa difícil de evitar.
Pero, ante esto, ante el sufrimiento, nos queda una pregunta que responder y que da título a este apartado: ¿Qué hacer frente al sufrimiento?
Antes ya hemos dicho que la opción de no hacer nada no nos vale ni nos sirve. Es mejor hacerlo y si obtenemos fruto espiritual… mucho mejor.
Sobre esto último ya hablaremos luego. Ahora nos corresponde decir algo sobre lo primero, sobre qué hacer frente al sufrimiento. 
En este momento debemos traer a colación un episodio de la historia de la salvación que nos es más que conocidoEs, además, la base, el origen, de nuestra fe católica. Y nos referimos a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, momento en el cual el dolor puramente material alcanzó niveles difíciles de superar y donde el sufrimiento se manifestó con toda su crudeza.
Y esto lo decimos porque en tales circunstancias, nuestro Señor Jesucristo supo plantar cara al sufrimiento más, incluso, que al dolor contra el que poco podía hacer salvo soportarlo.
Pues bien, en dos textos del Nuevo Testamento se nos da una pista acerca de esto, acerca de las razones por las cuáles el Hijo de Dios supo vencer al sufrimiento. 
Así, se dice esto en la Epístola a los Hebreos (5,8)

aprendió a obedecer a través del sufrimiento.”
 Y, también, en la dirigida a los Filipenses (2,8):
 y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte  y muerte de cruz.”

Vemos, por tanto, que Jesucristo supo vencer al sufrimiento, se enfrentó al mismo y le plantó cara por medio de un mecanismo espiritual que tenía todo que ver con el sometimiento a la voluntad de su Padre. Y lo dice el texto, cada uno de ellos, con toda claridad: obedeció… hasta la muerte.
Ciertamente, Cristo padeció el sufrimiento en grado extremo porque, además del dolor material que le habían causado el espiritual no era menos al verse abandonado por casi todos sus Apóstoles. Se consoló, eso sí, con la presencia de su Madre y otras Santas Mujeres además de con Juan, su más joven Apóstol.  
Cristo, por tanto, supo cómo enfrentarse al sufrimiento. Y es que el ser humano, según sostiene el filósofo Robert Spaemann,

Vive en un estado que no es el normal. El sufrimiento se manifiesta como el reverso pasivo del mal, que ha sido causado por la desobediencia. Pero también como el único medio para suprimir el mal, precisamente a través de una experiencia adecuada a él. El mal atrae el sufrimiento, y con ello su propio juicio. Lo finito, que se pavonea de ser el centro de todo -y eso se llama desobediencia-, nada puede hacer para llegar a ser verdaderamente Dios.”

El sufrimiento, pues, puede ser vencido. Pero ha de serlo si es que se tiene la seguridad y la confianza en el auxilio de Dios que, amando a su criatura, nunca la deja sola y desamparada frente a las asechanzas del Mal. 
Y hay, como puede deducirse de la forma de ser y actuar de Jesucristo en su Pasión, algo de lo que hacer abundante uso cuando se trata del dolor y su exacerbación, el sufrimiento: el amor. 
Ciertamente, quien sufre no puede decir que, en sí mismo, el sufrimiento, sea algo bueno. Es decir, no se buscan aquí actitudes masoquistas ni nada por el estilo. Por eso, nadie que sufra simplemente dolor o llegue al puro sufrimiento va a querer seguir así para demostrar nada. Lo que hará será, si es capaz de alcanzar tal estado de beneficio espiritual, es ofrecer tal dolor, tal sufrimiento, por ejemplo, por una santa intención. Así, encontrará salida la situación, en principio negativa, por la que está pasando.
De todas formas, como decimos, así se manifiesta amor por el prójimo y se hace frente, ciertamente, a lo que podría parecer imposible de hacer frente. 
No podemos, por tanto, hacer de menos al sufrimiento. Y con esto estamos con lo que sostiene el emérito Benedicto XVI cuando, al respecto del sufrimiento, dice esto:

Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar un sentido mediante la unión con Cristo, que sufrió con amor infinito”.

El caso es que no son escasos los ejemplos de hermanos nuestros que han sido capaces de hacer frente al sufrimiento. Así, por ejemplo, la Venerable francesa Marta Robin, la Beata Ana Catalina Emmerick y, ya entre nosotros, el Beato español Manuel Lozano Garrido, más conocido como Lolo. 
En todos y cada uno de ellos vemos cómo es posible que, ante las tribulaciones físicas más tremendas y difíciles de superar supieron mantener un espíritu digno de ser llamado a ser ejemplo de templanza y de dignidad.
Lo que tales hermanos en la fe demostraron con sus vidas es que se puede estar inmerso en un profundo sufrimiento pero el mismo puede servir para aprender y para madurar en la fe y en la unión con Dios. Y así nosotros, que los miramos con admiración porque sabemos qué es lo que pasaron en sus vidas, podemos enfrentar nuestro propio sufrimiento con una guía, con un algo que nos sirva para hacerle frente sin decaimientos del espíritu hasta profundidades de las que no podamos salir.
¿Es fácil, pues, poner frente al sufrimiento una cara del alma firme? No. Seguramente es lo más difícil que podemos hacer. Sin embargo, hay quien ha sido capaz de hacerlo. Es más, seguramente hoy día hay muchos hermanos nuestros en la fe que lo hacen día a día y que nos deberían servir de ejemplo. 
Podemos, por tanto, hacer frente al sufrimiento:
1. Aceptándolo. 
2. Con amor, que nos ha de servir para sostenernos frente a la adversidad. 
3. Con oración, que nos dará la fuerza necesaria al no sentirnos olvidados por Dios. 
4. Con esperanza, que nos ha de servir de base para nunca desalentarnos ante el sufrimiento. 
5. Con visión de futuro porque sabemos que lo que Dios tiene preparado para aquellos que le aman nadie se lo puede, siquiera, imaginar.
6. Sabiendo que nos puede servir para purificar nuestra fe. 
7.  Perseverando en nuestra voluntad de consuelo al prójimo a partir del mismo. 
8.  Profundizando en el sentido último del mismo. 
9.  Abandonándonos a la voluntad divina y colaborando, con el mismo, a completar el de Jesucristo. 
10.  Siendo conscientes que de un tal mal puede salir un bien.    
El sufrimiento, por tanto, puede ser, ha de ser, enfrentado por quien sufre. Pero ha de ser enfrentado siendo conscientes de que, a lo mejor, se trata de una prueba puesta por el Todopoderoso para probar nuestra fortaleza espiritual.

Eleuterio Fernández Guzmán



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